Tres postales que nunca envié
Palabras clave:
literatura, literatura boliviana, Rubén VargasResumen
1.
Anita tiene 27 años y los ojos más azules que el Duna en las acuarelas del siglo XVIII. Es la guía perfecta para esta ciudad a) porque camina ligero y no deja de sonreír y b) porque se ha escapado –estoy seguro– del Libro de Dios y de los húngaros. La seguimos por los bulevares bajo la luz del verano, nos señala los antiguos palacios construidos, destruidos y vueltos a construir. Cruzamos los puentes —hierro antiguo y mucha fe en el futuro—, los grandes parques cultivados para domesticar la nostalgia del bosque que profesan los atávicos cazadores. Me distraigo. Me distrae esta ciudad como una aparición luminosa en el fondo de una copa dorada. Y los tranvías. De Anita ya sólo me llegan palabras sueltas, a veces una frase, entre los golpes del agua cada vez que el río recibe el cuerpo de un judío con un tiro en la nuca. Todo eso está escrito y borrado y vuelto a escribir en la historia de este lugar. Y también incendiado. Pero no hay nada que hacer, la mañana es todavía fresca y Anita camina ligero y esta ciudad tiene una belleza antigua, irónica y valerosa. Y si me distraigo —otra vez— entre los retazos de su voz escucho las bocinas de los autos, el tumulto de los cascos de los caballos turcos, los gritos de los vendedores de frutas, las orugas mecánicas de los tanques nazis, las botas rusas sobre la piedra mojada y reluciente, las doce campanadas de este mediodía de gracia…
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