Reminiscencia
Palabras clave:
literatura, literatura boliviana, jesus urzagasti, alberto villalpandoResumen
Conocí a Jesús Urzagasti el mes de mayo del año 1965. Yo acababa de incorporarme al Instituto Cinematográfico Boliviano, invitado por Jorge Sanjinés y Oscar Soria. Para entonces, Jesús ya trabajaba en el equipo de Jorge Sanjinés. Este Instituto tenía el nombre más largo que sus propias instalaciones. Un pequeño hall de entrada, donde se encontraba la secretaria, una oficina principal, por ahí un par de cuartos pequeños, que hacían las veces de depósito y cuarto oscuro, y una sala alargada que ostentaba el nombre de Telecine, en consecuencia, era una habitación oscura, cubierta en sus paredes laterales con unas cortinas de color vino tinto. Al fondo se veía el ecran y en la pared opuesta se advertían unos agujeros cuadrados desde los cuales se proyectaban las películas, básicamente los noticieros que producía el Instituto y alguno que otro documental de los que había realizado Jorge Ruiz, en una gestión anterior. Era en este telecine en el que Jesús y yo teníamos nuestros escritorios. Jesús había ubicado su escritorio cerca de la puerta de entrada, a un costado de la misma. El lugar era oscuro y este telecine tenía un solo foco en la parte posterior, donde teníamos los escritorios, que iluminaba muy pobremente. Jesús tenía una máquina de escribir que, sin ser muy grande, ocupaba la mayor parte del escritorio. Muchas veces le propuse cambiar la ubicación de los escritorios y favorecernos ambos con la luz, pero él parecía hallarse muy cómodo en la penumbra. Con el paso de los días, nuestra relación fue creciendo y encontramos tres puntos de contacto, tres vehículos en los cuales viajaban muchos ardores: la música, la lectura y el ajedrez. En esos años, mi pasión por la música se volcaba de modo natural hacia la música de vanguardia de la década de los años 60, y encontré en Jesús un oído atento y perceptivo a estas nuevas sonoridades, aunque sus preferencias se inclinaban por el barroco: Jesús amaba Vivaldi. Nuestras lecturas mostraban intereses diversos. Él leía mucha literatura latinoamericana —estaba empezando el boom—; yo prefería, de algún modo, la literatura europea. Pero aquí teníamos un punto en común, la admiración por Kafka. Y en los momentos que pasábamos fuera del Instituto, ya sea en casa o en el cuarto que alquilaba él en Miraflores, no muy lejos de donde yo vivía, nos enfrascábamos en complejas partidas de ajedrez, tomando mate, oyendo Vivaldi y fumando unas pipas de tabaco cayubaba, que él traía del Chaco. Era un tabaco fuerte y de aroma penetrante. Jesús jugaba al ajedrez de una manera, si se quiere, poco frecuente. Avanzaba los peones como una vanguardia inexpugnable, donde las piezas mayores del contrincante se veían sumamente reducidas. Así se plasmó en nuestra jerga ajedrecística el término “runa” para denotar a los peones. Entonces, uno decía: “¡Este Jesús ya me metió a los runas!” Y él sonreía, achinando los ojos y levantando discretamente el labio superior. Una sonrisa irónica, por supuesto, pero llena de una alegre picardía frente a las dificultades que le creaba al adversario. Era muy lindo jugar al ajedrez con Jesús.
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